Gustavo Doré y el vagabundo historiador

Sara Gil.- Paul Gustave Doré vino al mundo el día de reyes de 1832 en Estrasburgo, Francia. No nació con un pan bajo el brazo, sino con un carboncillo. Sólo así se explica que publicara su primera ilustración a los 15 años y que a muy temprana edad cobrase más que el genio de la ilustración satírica, Honoré Daumier.

Sin embargo, su gran pasión, y la razón de su perdurable prestigio, fue la ilustración de grandes obras de la historia de la literatura. En 1853 recibió el encargo de ilustrar trabajos de Lord Byron y, poco después, la famosa obra de Edgar Allan Poe, El cuervo.

En 1862 viajó por España con el Barón Davillier. Al año siguiente, ambos publicaron en conjunto una serie de crónicas sobre Valencia, Galicia, Barcelona, etc. que se incluyó en la colección "Le Tour du Monde". Esta obra puede considerarse uno de los antecedentes de la expedición gráfica que iba a significar, años después, la que ahora nos ocupa.

Su visión de la Biblia (1865) fue un gran éxito para el artista, hasta el punto de que en 1867 se organizó una gran exposición de sus obras en Londres. Con motivo de este evento, se fundó la Doré Gallery en New Bond Street.

En 1869, Blanchard Jerrold, hijo de Douglas William Jerrold, sugirió que ambos trabajaran juntos para producir un retrato de Londres. A Jerrold se le ocurrió la idea de plasmar The Microcosm of London (1808), fruto de la colaboración entre Rudolph Ackermann, William Pyne y Thomas Rowlandson.

Doré firmó un contrato de cinco años con la editorial Grant & Co. Eso implicaba que tenía que pasar al menos tres meses al año en Londres, cobrando la suma de 10.000 libras esterlinas por año. El libro que vio la luz con los trabajos de Doré fue publicado en 1872 y se tituló London: A Pilgrimage, que incluía 180 grabados. Aunque fue un éxito comercial, a algunos críticos les disgustó que Doré mostrara en su obra la pobreza existente en Londres (la portada ya lo decía todo: Saturno... ¡bajo un puente!). Fue acusado por el Art Journal de "fantasioso más que de ilustrador". La Westminster Review denunció que Doré hizo un boceto del pueblo, de la realidad que se vivía en ese momento... ¡como si eso fuera un demérito!


Lo cierto es que ya en el prólogo, escrito por el propio Jerrold, se declaraban los autores como "peregrinos, vagabundos, chamarileros, gitanos en el gran mundo londinense, y no historiadores" de la capital del mundo, por aquellos años. Y bien, estaban equivocados. Hay en las estampas de London más verdad, más realidad histórica, que todos los pomposos cuadros victorianos que, en ese tiempo, colgaban de las galerías de arte. Doré y su colaborador lograron dar carne y sangre a todo aquello que Dickens estaba describiendo en sus novelas, forma y cuerpo a una sociedad que se industrializó atropelladamente y que, por el camino, se había dejado muchos hombres, mujeres y niños pisoteados. ¿Les suena de algo?